Abuela y nieto

CONTAR HISTORIAS Una capacidad humana desde un enfoque creador

 

CONTAR HISTORIAS

Una capacidad humana desde un enfoque creador

Por Miguel Castro

 

Mi abuela Amparo era toda bondad y tristeza. Tenía el pelo completamente blanco y vestía de negro de los pies a la cabeza. Viuda desde muy joven, y con limitados recursos económicos, había aprendido a desenvolverse en una sobriedad absoluta. En la habitación donde vivía, aislada en su propia casa, consecuencia de un drama familiar que mi hermano y yo compartíamos durante los veranos (el drama y la habitación), reunía sus escasas pertenencias. Carecía de cualquier detalle superfluo. Austera en su forma de vivir, como lo era en su forma de vestir, lo era también en cualquier otro aspecto. Recuerdo cómo, a la hora de merendar, abría la oscura alacena donde guardaba casi todas sus cosas, siempre cerrada con llave, y nos entregaba un pequeño racimo de uvas y un trocito de pan a cada uno, con lo que nunca conseguíamos matar el hambre.

Y tal y como era nos contaba cuentos. Se sentaba en el borde de la cama con uno de nosotros a cada lado, carraspeaba de forma característica como si se aclarase la garganta, aunque esto lo hacía a menudo durante el día, aun cuando no fuera a hablar -pobrecita, luego supimos que tenía un cáncer de laringe que acabó con ella- y comenzaba con un “Pues veréis…”.