Arno Stern nace en 1924, en Kassel, en la Alemania arruinada por la gran inflación, en el seno de una familia burguesa de confesión israelita, culta y empobrecida, que trabaja por sobrevivir.

En 1933 Hitler se hace con el poder. Arno no ha cumplido los nueve años. Su padre intuye la amenaza del nazismo y decide escapar de inmediato con su mujer y su hijo y abandonarlo todo sin esperar a ser humillados o asesinados tal vez.

Así, emprenden una huida que se prolongará durante más de nueve años y que sólo terminará después de una dilatada estancia en un campo de trabajos forzosos en Suiza. En la más absoluta indigencia procuran mantenerse sin mendigar e intentan rehacer su vida de ciudad en ciudad, pues los lugares que parecen seguros, se tornan peligrosos ante las denuncias o el avance imparable del ejército alemán una vez que estalla la guerra. A pesar de todo ello Arno jamás experimenta el sentimiento de estar privado de nada, siente que su infancia es feliz con unos padres afables que le transmiten tranquilidad y con los que comparte todo.

En la Alemania nazi, entre sus compañeros, Arno era el “sucio judío”. En la Francia, que pronto será colaboracionista, será el “sucio alemán”. Sus estudios, después de los primeros años de escuela, quedan interrumpidos. Ser diferente, haber sido despojado de todo, ser considerado un indeseable es la peripecia vital en la que Arno va a modular su carácter.

Y así preparado por la vida de manera tan singular, pronto iniciará el trabajo que le ocupará para siempre, con un grupo de niñas y niños judíos, huérfanos de guerra, a los que va a poner a pintar.

Carece de ideas previas acerca de lo que va a hacer y no tiene conocimiento alguno de lo que por esa época se piensa, se practica o se ha publicado sobre los dibujos de los niños. Dotado de una actitud y de una mirada inocente pone sus cinco sentidos, en las necesidades materiales que van apareciendo para satisfacerlas de la mejor manera posible, en las demandas que le hace cada niño para atenderlas inmediatamente.

No pretende enseñar nada y ningún propósito adulterado le guía.

Puesto al servicio de los niños, tan solo se ocupa en crear las mejores condiciones posibles para que esos huérfanos pinten, y así lejos de ideología alguna y al margen de cualquier teoría, sin imaginar la trascendencia de lo que está haciendo, Arno comienza a poner el punto final a la historia de la educación artística y establece las condiciones para el juego de pintar.

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