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Transformando la mirada: “Del juicio a la conexión”

Sobre como funciona la construcción del conocimiento y el aprendizaje, fue algo a lo que me tuve que enfrentar irremediablemente cuando, al salir de la universidad, me encontré en un aula con 32 niños de 3 años. Después de dos años, el número se redujo a 25. En aquel momento me pareció un alivio, sin embargo, ahora pienso que continuaba siendo algo completamente irracional e inhumano.
Es imposible satisfacer las necesidades y el deseo de aprender de 25 personas que, a estas edades, puedo asegurar que es enorme.

La primera opción que barajé, por supuesto fue la “huida”.
El primer día de trabajo, con mis 23 años, volví a casa como los niños que habían pasado la mañana conmigo, llorando y corriendo a los brazos de mi madre :
-no quiero volver
-“sí hija, tienes que volver, ya tienes edad de ir a la escuela”

¿De que me habían servido mis años de escuela, instituto y universidad?

Tenía todo lo necesario para empezar, o yo creía tenerlo.
Había estudiado como funciona el aprendizaje, qué es y qué necesita un niño.

La psicología cognitiva y el constructivismo, cada teoría sobre el aprendizaje, el desarrollo, la construcción de conocimiento, la relación con el medio social, etc, tenia sus implicaciones prácticas y yo creía haberlo tenido en cuenta todo.

¿Qué estaba pasando entonces?
Algún pequeño detalle se me escapaba: los niños no querían ir a la escuela.
Lloraban a gritos enloquecidos y se aferraban a sus madres, “a pesar de mi bata de colores”, vomitaban de angustia, se pegaban, corrían sin control, el material ordenado, a su alcance para “favorecer su autonomía”, desde luego la favorecía: en cuatro minutos aquellos “energúmenos” habían desparramado todo lo que tenían a su alcance, de una forma completamente autónoma, que se escapaba a mi capacidad para contenerlo. Si hay un infierno parecía aquello y todo apuntaba a que el papel de “diablo” era para mi.

Ahí empezó mi primera crisis vital: ¿qué hago yo aquí tratando de educar?, ¿qué es educar, lo que han hecho conmigo y cuyo resultado es esta situación?, ¿realmente se puede educar?, ¿para que sirve la escuela?, estos niños, que lloran sin consuelo ¿no estarían mejor en su casa?, y ¿la socialización?, ¿aquí, en medio de esta “jauría”?

Por supuesto, volví al día siguiente, y al otro, y con el tiempo pude encontrar algunas respuestas, que me permitieron estar siete años trabajando en la escuela sin enloquecer “del todo”.

Pero hay una pregunta que espero no cerrar nunca: ¿Dónde y cómo quiero colocarme al lado de las personas con las que me relaciono, para cuidar del valor y confianza en sus capacidades?

La reflexión sobre esta pregunta, continuamos haciéndola, en torno a lo que nosotros llamamos “asistencia” y que procede del término que utiliza Arno Stern, “servant”, para designar el trabajo que realiza en su taller de pintura “Le Closlieu”

Con la palabra “asistencia” nos queremos referir a un tipo de actitud interna y externa, de quien se pone al servicio de las necesidades de otra persona.

Esta actitud implica una mirada libre de juicios sobre el trabajo de las personas y sobre las personas mismas y nos referimos tanto al juicio negativo como al juicio positivo.

Si hablamos de juicio negativo, en general, estamos de acuerdo en que no aporta beneficios a la persona que lo recibe, por no hablar de todos los perjuicios. Sin embargo cuando hablamos de juicio positivo, no es fácil ponerse de acuerdo en lo concreto.

Una relación basada en el “refuerzo positivo” y el “refuerzo negativo”, en cualquiera de sus variantes, palabras, regalo o retirada de objetos, gestos, etc., es decir, una relación basada en los premios y los castigos, “funciona”, a veces para toda la vida y si no es así, al menos durante un tiempo o unos años. Cuando digo que funciona, me refiero a que es una opción para conseguir que otra persona haga lo que nosotros consideramos “lo bueno”.

Resulta evidente que la relación de asistencia a la que nos referimos no está vinculada a esto, pero nos resulta complicado enfrentarnos a situaciones concretas que requieren una respuesta, donde alguien, hijo, alumna, amigo, madre…viene hacia nosotros, por ejemplo, con “algo” que ha hecho y nos pregunta:
-¿Te gusta?, ¿te parece bonito?

En estos casos dudamos:
-Pero, ¿como no voy a decirle que me gusta o qué bonito? ¡Tengo que valorarlo de alguna manera!

Existe una confusión que radica en la unión de los términos juicio positivo y valoración.

Para nosotros estos dos términos no van asociados. El juicio positivo hace depender las acciones del otro de mi aprobación, lo cual, inevitablemente, le distancia de sí mismo.

La valoración de la que hablamos no tiene condiciones, no mira resultados, mira hacia la persona en su proceso, mira/escucha, actúa y confirma:

– Mira/escucha a la persona que tiene delante, tratando de identificar sus necesidades: puede, por ejemplo, que un niño esté jugando en el suelo, sobre la baldosa fría y quizás yo identifique una posible necesidad de calor.

– Actúa con un gesto, palabras o acciones físicas concretas, tratando de cuidar de esas necesidades:le ofrezco una colchoneta para seguir trabajando sobre ella.

– Y confirma si la acción, palabra o gesto, realmente cuida de las necesidades de la otra persona o no, en este caso, rectificando y volviendo a “mirar/escuchar”:-¿estás más cómodo así? Puede que sí, puede que no, puede que además me pida un cojín o una manta…

¿Qué me está pidiendo mi hija cuando me pregunta si me gusta su dibujo, su voltereta, la historia que acaba de inventar…? No me demanda un “qué bonito”, que algunas veces, ni siquiera sería cierto y ella lo sabe.

Lo que suele haber detrás de una demanda de este tipo es una necesidad de conexión, de vincularse a otro ser humano, de atención y cuidado, de compartir la alegría que le produce jugar, aprender, crecer.

La respuesta tiene que ver con esto, con un “gracias cariño”, cuando me regala algo que ha hecho para mí, con una “sonrisa” que comparte la alegría que le producen sus propias conquistas…

Creo que facilita mucho este proceso, poner la mirada en uno mismo,¿qué me sucede a mí cuando me hace un regalo en el que ha estado trabajando? Más allá de “bonito o feo”, me siento conectada a ella y esto me alegra muchísimo, me genera quizás ternura, reconocimiento, confianza, agradecimiento…

Cuando, en una relación, a la otra persona le llega nuestro interés genuino por cuidar de sus necesidades y los sentimientos que nos produce cuando ella trata de cuidar de las nuestras, el sentimiento de ser valorada está asegurado.

Todos tenemos las mismas necesidades básicas, vinculadas unas a nosotros mismos, y otras al mundo que nos rodea, físico y humano. Tener o no tener satisfechas nuestras necesidades es lo que nos genera determinados tipos de sentimientos relacionados con el placer, la calma, la apertura, etc., o con la tristeza, la rabia, el miedo…

Con la asistencia no pretendemos satisfacer todas las necesidades de cada persona, no está en nuestra mano. Tratamos de mantener una actitud de cuidado, con acciones concretas y transmitirle nuestro deseo de hacerlo.

En el profundo trabajo desarrollado por Marshall Rosenberg, al que llamó Comunicación No Violenta, he encontrado una enorme relación con la asistencia en Educación Creadora.

M. Rosenberg nos habla de una comunicación en la que mi interés se centra en el cuidado de mis necesidades y, al mismo tiempo en las necesidades de la otra persona . Nos habla del lenguaje que acerca y del lenguaje que aleja y de una actitud de vulnerabilidad auténtica, como la única posibilidad de conectarnos real y profundamente con otro ser humano, algo que, por otro lado, es una necesidad esencial en todos.

En la asistencia al juego hay un “qué”, un “cómo” y un “desde dónde”:

– Qué responder a una persona que juega, sin apartarle de sus intereses y sin sustituirle en sus descubrimientos.

– Cómo respondemos, qué lenguaje utilizamos, cómo decimos sí y cómo decimos no, cómo ponemos un límite, etc.

– Desde dónde: ¿realmente está en mí el deseo auténtico de cuidar y acercarme a esa persona?

Es una trasformación de los juicios, aprendiendo a mirarlos desde los sentimientos que nos provoca el hecho de cuidar o no de nuestras necesidades y de las de los demás.

Más que tratar de eliminar los juicios, se trataría de observarlos como el “piloto” que me da información sobre el estado de cuidado en el que se encuentran mis necesidades.

En esta transformación, de la mano de Pilar de la Torre, psicoterapeuta y formada junto a M. Rosenberg, es en la que sigo trabajando ahora.
Pilar es la persona que va poniendo palabras concretas que me están permitiendo profundizar en lo que significa la asistencia dentro de nuestro marco de trabajo. Pero, sobre todo, mi deseo de profundizar en la Comunicación No Violenta, como en su momento fue el encuentro con la Educación Creadora, tiene su origen en una búsqueda personal e interna.

Me resulta muy difícil, por no decir imposible, acercarme a otros con empatía hacia sus sentimientos, desde la escucha de sus necesidades, en mi trabajo o en mi vida personal, sin conocer profundamente mis sentimientos y sin aprender a cuidar de mis propias necesidades.