CONTAR HISTORIAS

Una capacidad humana desde un enfoque creador

Por Miguel Castro

 

Mi abuela Amparo era toda bondad y tristeza. Tenía el pelo completamente blanco y vestía de negro de los pies a la cabeza. Viuda desde muy joven, y con limitados recursos económicos, había aprendido a desenvolverse en una sobriedad absoluta. En la habitación donde vivía, aislada en su propia casa, consecuencia de un drama familiar que mi hermano y yo compartíamos durante los veranos (el drama y la habitación), reunía sus escasas pertenencias. Carecía de cualquier detalle superfluo. Austera en su forma de vivir, como lo era en su forma de vestir, lo era también en cualquier otro aspecto. Recuerdo cómo, a la hora de merendar, abría la oscura alacena donde guardaba casi todas sus cosas, siempre cerrada con llave, y nos entregaba un pequeño racimo de uvas y un trocito de pan a cada uno, con lo que nunca conseguíamos matar el hambre.

Y tal y como era nos contaba cuentos. Se sentaba en el borde de la cama con uno de nosotros a cada lado, carraspeaba de forma característica como si se aclarase la garganta, aunque esto lo hacía a menudo durante el día, aun cuando no fuera a hablar -pobrecita, luego supimos que tenía un cáncer de laringe que acabó con ella- y comenzaba con un “Pues veréis…”.

Siempre nos contaba la misma historia. En la vida tuvimos necesidad de otra. No sé de donde la había sacado, ahora pienso que de alguna película que pudo ver, aunque yo no tenía noticia de que hubiera ido al cine nunca. Era una larga historia de dos niños muy pobres y un perro (yo lo imaginaba gigantesco y blando) con el que juegan todo el tiempo, les acompaña a todas partes, les saca de apuros y terminan cada día durmiendo juntos. El padre, para poder comer, se ve obligado a venderlo a un viajero que se encapricha con él y se lo lleva muy lejos. Los niños no recuperarán su alegría hasta que el perro, al cabo de casi un año, y después de múltiples peripecias y cientos de kilómetros, consigue evadirse y vuelve con ellos.

Con las manos entrelazadas en el regazo, apenas se movía. No ponía distintas voces a los personajes de la historia que nos narraba, nos miraba a los ojos a uno y a otro y estábamos tan cerca, tan pegados a ella que, aunque apenas hacía gestos, podíamos anticipar cuando estaba a punto de contar algo divertido, sorprendente o de mucha pena, y entonces nos preparábamos para lo que pudiera venir, sonrientes o atemorizados, y ella continuaba con una fugaz sonrisa en los labios que tan sólo a esa distancia podíamos percibir.

Era la más fantástica contadora de cuentos -del cuento- que pudiéramos desear. Estábamos anhelando poder pillarla en algún momento en el que no estuviese atareada para que nos contara. La queríamos, nos quería y cuando podía nos contaba. Y era como si nos abrazara con su historia.

Mi otra abuela, Enriqueta, era andaluza y coincidía con nosotros quince o veinte días del verano en el pueblo de mi bisabuela. Bajita y gordita, también enlutada y con el pelo blanco, sonreía todo el tiempo, pero si reía lo hacía con todo el cuerpo, sobre todo con la barriga. Nunca se podía saber exactamente qué era lo que hacía, pero hacía cosas sin cesar y era difícil encontrarla quieta. Y como era nos contaba, y nunca era lo mismo. Inútil intentar prever lo que podía pasar. Como no se detenía en ningún lado, la seguíamos por la casa para oírla mientras pululaba y cogía cacharros que posaba para cogerlos otra vez y dejarlos en otro lado; se ocupaba en esto y lo otro y enredaba con lo de más allá, mezclaba y tergiversaba los cuentos hasta dejarlos prácticamente irreconocibles y, de pronto, nos atizaba en la cabeza con lo que tuviera accidentalmente en las manos, pues repentinamente se había girado y se tropezaba con nosotros que íbamos detrás. Aparecían y desaparecían personajes en cualquier sitio, introducía coplillas y emitía sonidos imitando a los más extraños animales. Era la más fantástica contadora de cuentos que pudiéramos desear. Nos quería, la queríamos y estábamos deseando que nos contara lo que quisiera cuando quisiese. Con sus historias nos abrazaba y nos llevaba en volandas.

Jamás se nos pasó por la cabeza compararlas. Imposible llegar a pensar que una era preferible a la otra. Eran las dos maravillosas. De modo que cuando estábamos con ellas la mejor era aquella a la que primero pudiésemos pedir: “abuela, cuéntanos un cuento”.

Encuentro en mi experiencia de niño el núcleo de mi pensamiento actual en relación con los cuentos y los contadores de cuentos. Entiendo ahora que contar es un fenómeno de comunicación en la intimidad para el que todos estamos dotados y, dado que todos somos diferentes, podemos contar todos de manera diferente y perfecta sin necesidad de aprendizaje.